martes, 7 de julio de 2009

021 - TARDE DE LLUVIA

TARDE DE LLUVIA (021)


Desgrana la lluvia
su monotonía
en los ventanales...

En la tarde fría,
su sonar callado, isócrono y lento,
despierta en el alma la melancolía
y las añoranzas de todos los buenos
amigos ya muertos.

Sus golpes pausados
rompen el silencio
del ocaso triste de esta tarde larga
que ya va muriendo.

También esta lluvia enturbió la tarde
de su casamiento,
mientras yo lloraba
de pena.., de rabia..., de amor y de celos.

Ha llovido mucho desde aquella tarde;
ha pasado el tiempo...!!

En mis soledades,
a veces yo pienso
-muy frecuentemente-:
¿Qué será de Ella en estos momentos?
¿Qué estará pensando?
¿Qué estará diciendo?

Acaso se acuerde
de los tiempos viejos
en que nos quisimos; acaso recuerde
aquel primer beso...;
acaso se nublen sus ojos, tan negros,
al sentir en su alma
el dolor punzante del remordimiento...;
acaso contemple, callada, la lluvia
que, en mis ventanales, yo también contemplo,
y sienta una angustia
muy triste, muy honda, nacer en su pecho...

Esta lluvia mansa,
esta lluvia triste que entume los huesos,
es como un presagio que agota y deprime
mis cansados nervios.

¡Me he quedado sólo
hace mucho tiempo...!

Ni padres, ni amigos, ni amores... Ya nada
me queda en la tierra. Tan sólo el recuerdo
de todos los seres
que ha tiempo se fueron.

Unos..., se marcharon;
otros..., se murieron;
y yo, poco a poco,
me fui haciendo viejo.

¡Y hoy no tengo a nadie!

Soy como un espectro
del ayer, que vaga
buscando el olvido, la paz y el silencio.

Sólo, con mis penas
y con mis recuerdos,
veo indiferente como pasan raudos
la Vida y el Tiempo.

A una primavera, sucede un verano;
después un otoño; más tarde, un invierno...,
y luego la rueda, sin fin ni principio,
comienza de nuevo.

Esta lluvia triste
que esta tarde siento
en mis ventanales,
otras muchas veces,
en otros inviernos,


desató su furia
contra mi aposento;
mas yo me reía de la pobre lluvia,
de su sonsonete, de su lloriqueo...,
¡porque yo era joven!

Sentía en mi cuerpo
el correr ardiente,
el chocar violento
de la sangre joven.

Ahora... es otra cosa. Ya... son otros tiempos;
cada vez que llueve,
cada vez que siento
azotar la lluvia en mis ventanales...,
me asalta la sombra de un presentimiento.

¡Me encuentro muy sólo!
¡Me veo muy viejo...!

Tal vez, cuando caiga
la lluvia de nuevo,
sus gotas golpeen con ruido macabro,
la losa de piedra que esconda mi cuerpo.


José María Hercilla Trilla
Cañaveral, 1948

(De mi libro: "Canciones de juventud")

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