R E T R A T O (049)
A Don Eduardo Ruiz Ayucar,
Abogado, Cronista de Avila
y, sobre todo, Amigo.
Tengo yo un amigo,
castellano viejo,
de hidalga apostura,
a quien mucho aprecio.
Con su faz de fauno,
-aunque es hombre serio-,
recorre el camino
con alegre gesto,
como si esta vida
fuera un grato juego,
como si la Tierra
fuera un dulce huerto
donde no crecieran
en su duro suelo,
abrojos ni espinas,
ni sapos, ni escuerzos.
Cronista de Villas
de rancio abolengo,
sus crónicas teje
con agudo ingenio,
y la historia fría
de antañones tiempos,
sabe recrearla
y hacer un ameno
relato de todos
los rancios sucesos.
De su recia pluma,
digna de aquel áureo
Siglo de las Letras
que alumbró a Quevedo,
no se escapa nada
que tenga un reflejo
de interés humano,
Con su verbo fácil,
sus conocimientos
de las mil materias
y variados géneros,
desgrana y expone
con sin par gracejo
y hace amenas, cosas
que jamás lo fueron.
La Historia y el Arte
de este noble pueblo,
a mi buen amigo,
no guardan secretos.
Saltador de muros,
igual que un quinceño,
buscando vestigios
de pueblos pretéritos,
se quebró una pierna;
y durante un tiempo
fue, mi buen amigo,
el retrato egregio
de un noble pirata,
que en altivo gesto
contemplaba el mundo
con su lente negro,
con su pierna rota
y su puro eterno.
Sólo le faltaba
para estar completo,
recorrer las calles
en su toga envuelto.
¡No digo su nombre,
pero no es secreto,
que estos datos bastan
para conocerlo!
José María Hercilla Trilla
Avila, 18 Julio 1974
(De mi Libro: "Canciones abulenses")
jueves, 30 de abril de 2009
miércoles, 29 de abril de 2009
561 - VIEJOS RECUERDOS MENORQUINES
VIEJOS RECUERDOS MENORQUINES (561)
(Prosa en alejandrinos)
Voy a dejar que, libre de molestas ataduras,
la memoria gobierne la punta de mi pluma
y traiga hasta estas hojas que tiemblan en mis manos
recuerdos de aquel tiempo, cuando Menorca era
una remota isla, perdida en la distancia,
sin rastro de turistas vocingleros y extraños
que invadieran sus playas, apenas mancilladas,
por los pocos vecinos, isleños todos ellos,
que hasta ellas llegaban “es diumenges i en festas”.
Aunque a algunos parezcan siete décadas mucho,
yo puedo asegurarles que ese tiempo ha pasado
tan veloz, tan deprisa, “que en moltas ocasions”
me parece sentirme, así, como dispuesto
a bajar hasta el puerto para surcar sus aguas
a bordo de mi barca, de mi “Calafiguera”,
y llegarme, remando, o bien a vela izada,
a la misma bocana, señalada frontera
impuesta por mi padre a mis marinas ansias
de descubrir el mundo que desde allí intuía.
La Menorca de entonces, “quant poc se me parèix
a sa Menorca d’ara. No he de esser jo quin digui”
cual de las dos Menorcas es la buena o la mala,
sólo a decir me atrevo que en nada se parecen,
y hasta tal punto ello, que hasta llego a creerlas
dos islas diferentes, distintas por completo.
Tan orgulloso estaba de mi isla que quise
que fuere independiente del resto de las islas,
y también, por supuesto, hasta del mundo entero:
La Isla de Menorca, Estado independiente,
lugar paradisíaco, sin robos y sin muertes,
donde todos podían dormir sin sobresaltos,
sin cuidar que su puerta “es quedasi tancada”,
sin vecinos en paro, sin pobres en sus calles,
donde todos vivían como buenos hermanos,
“travallant en silenci”, sin grandes apetencias,
contentos con su suerte, esperando con ansia
“qu’arrivasi s’estiu” para ir a bañarnos
a las viejas casetas, las del muelle del gas,
o ir a Cala Ratas, o llegarnos, andando,
“fins es Repòs del Rei, més enllá des Fonduc”,
o a las feraces huertas, las de San Juan, cercanas.
Las prisas no existían en aquella Menorca
que tengo en mi recuerdo, la isla donde todo
era blanco y azul, de un blanco deslumbrante,
de un azul esplendente, aquellos dos colores
que eran la divisa: “La Isla Azul y Blanca”,
con la que se anunciaba la isla de mis sueños.
Pido a Dios me conserve el recuerdo imborrable
de mi vieja Menorca, donde pasé los años
más felices que pueda imaginar un niño,
un niño que se hacía poco a poco hombrecito,
y al que un aciago día le quebraron la vida
llevándole muy lejos de su querida isla.
Lo malo es que al marcharme, aunque el cuerpo se fuese,
el alma no la pude llevármela conmigo
y se quedó vagando por las calas del puerto,
incapaz de alejarse de lo que había sido
la razón de mi vida, el premio inmerecido
que recibió aquel niño con alma marinera,
que lloró al alejarse de su Mahón querido.
Cuantos viejos recuerdos… La Isla de las Ratas,
frente a Calafiguera, que una empresa holandesa
dedicada a estas cosas, la dragó por completo,
borrándola del puerto, y hasta de la memoria
de todos los que fuimos testigos de aquel hecho.
Estoy por apostarme que quedamos muy pocos
de los que la pisamos en busca de alcaparras
en “sas moltas tàperas que per enllà n’i habia”.
Al cabo del camino, llegando ya a la meta,
en mis noches de insomnio, despierta mi memoria
y me trae el recuerdo de aquellos años idos,
los que viví en Menorca, la Isla Azul y Blanca,
donde dejé mi alma al irme para siempre.
José María Hercilla Trilla
Salamanca, 4 Noviembre 2.008
Es Diari, Nº 741, del 16-11-08
(De “Canciones menorquinas”)
(Prosa en alejandrinos)
Voy a dejar que, libre de molestas ataduras,
la memoria gobierne la punta de mi pluma
y traiga hasta estas hojas que tiemblan en mis manos
recuerdos de aquel tiempo, cuando Menorca era
una remota isla, perdida en la distancia,
sin rastro de turistas vocingleros y extraños
que invadieran sus playas, apenas mancilladas,
por los pocos vecinos, isleños todos ellos,
que hasta ellas llegaban “es diumenges i en festas”.
Aunque a algunos parezcan siete décadas mucho,
yo puedo asegurarles que ese tiempo ha pasado
tan veloz, tan deprisa, “que en moltas ocasions”
me parece sentirme, así, como dispuesto
a bajar hasta el puerto para surcar sus aguas
a bordo de mi barca, de mi “Calafiguera”,
y llegarme, remando, o bien a vela izada,
a la misma bocana, señalada frontera
impuesta por mi padre a mis marinas ansias
de descubrir el mundo que desde allí intuía.
La Menorca de entonces, “quant poc se me parèix
a sa Menorca d’ara. No he de esser jo quin digui”
cual de las dos Menorcas es la buena o la mala,
sólo a decir me atrevo que en nada se parecen,
y hasta tal punto ello, que hasta llego a creerlas
dos islas diferentes, distintas por completo.
Tan orgulloso estaba de mi isla que quise
que fuere independiente del resto de las islas,
y también, por supuesto, hasta del mundo entero:
La Isla de Menorca, Estado independiente,
lugar paradisíaco, sin robos y sin muertes,
donde todos podían dormir sin sobresaltos,
sin cuidar que su puerta “es quedasi tancada”,
sin vecinos en paro, sin pobres en sus calles,
donde todos vivían como buenos hermanos,
“travallant en silenci”, sin grandes apetencias,
contentos con su suerte, esperando con ansia
“qu’arrivasi s’estiu” para ir a bañarnos
a las viejas casetas, las del muelle del gas,
o ir a Cala Ratas, o llegarnos, andando,
“fins es Repòs del Rei, més enllá des Fonduc”,
o a las feraces huertas, las de San Juan, cercanas.
Las prisas no existían en aquella Menorca
que tengo en mi recuerdo, la isla donde todo
era blanco y azul, de un blanco deslumbrante,
de un azul esplendente, aquellos dos colores
que eran la divisa: “La Isla Azul y Blanca”,
con la que se anunciaba la isla de mis sueños.
Pido a Dios me conserve el recuerdo imborrable
de mi vieja Menorca, donde pasé los años
más felices que pueda imaginar un niño,
un niño que se hacía poco a poco hombrecito,
y al que un aciago día le quebraron la vida
llevándole muy lejos de su querida isla.
Lo malo es que al marcharme, aunque el cuerpo se fuese,
el alma no la pude llevármela conmigo
y se quedó vagando por las calas del puerto,
incapaz de alejarse de lo que había sido
la razón de mi vida, el premio inmerecido
que recibió aquel niño con alma marinera,
que lloró al alejarse de su Mahón querido.
Cuantos viejos recuerdos… La Isla de las Ratas,
frente a Calafiguera, que una empresa holandesa
dedicada a estas cosas, la dragó por completo,
borrándola del puerto, y hasta de la memoria
de todos los que fuimos testigos de aquel hecho.
Estoy por apostarme que quedamos muy pocos
de los que la pisamos en busca de alcaparras
en “sas moltas tàperas que per enllà n’i habia”.
Al cabo del camino, llegando ya a la meta,
en mis noches de insomnio, despierta mi memoria
y me trae el recuerdo de aquellos años idos,
los que viví en Menorca, la Isla Azul y Blanca,
donde dejé mi alma al irme para siempre.
José María Hercilla Trilla
Salamanca, 4 Noviembre 2.008
Es Diari, Nº 741, del 16-11-08
(De “Canciones menorquinas”)
lunes, 27 de abril de 2009
485 - DESDE LA MÁS ALTA COFA...
DESDE LA MÁS ALTA COFA... (485)
A Marcos Dueñas, agradecido por
dejarme acercar a mi Menorca.
Desde la cofa más alta del mástil de mi velero,
voy oteando horizontes, buscando sobre la mar
aquel puerto de mis sueños, el de mi infancia lejana,
al que nunca en mis viajes pude volver a atracar.
Mi barco, desvencijado, deshilachadas sus velas,
ansía tornar al puerto, para poder carenar
sus fondos, donde la broma le ataca y va corroyendo,
como buscando afanosa, hacérmelo zozobrar.
No quiero yo que zozobre; aún lo veo navegando
lo mismo que navegaba, acabado de botar,
como corcel piafante, con todo su trapo al viento,
vibrante su arboladura, volando sobre la mar.
No me ha rendido el viaje; en mi alma marinera
no caben los desalientos. Mi descanso es navegar
y mi ferviente deseo -carenado mi velero,
zurcido el roto velamen, con el aguaje hecho ya-,
es emprender nuevos rumbos y surcar, igual que antes,
sin nadie que me detenga, de un lado hasta el otro, el mar.
¡El mar, la mar, esa mar de mis años menorquines,
en que, surcando sus calas, me enamoré de la mar!
José María Hercilla Trilla
Salamanca, 5 Julio 2005
(De mi Libro; "Canciones menorquinas")
A Marcos Dueñas, agradecido por
dejarme acercar a mi Menorca.
Desde la cofa más alta del mástil de mi velero,
voy oteando horizontes, buscando sobre la mar
aquel puerto de mis sueños, el de mi infancia lejana,
al que nunca en mis viajes pude volver a atracar.
Mi barco, desvencijado, deshilachadas sus velas,
ansía tornar al puerto, para poder carenar
sus fondos, donde la broma le ataca y va corroyendo,
como buscando afanosa, hacérmelo zozobrar.
No quiero yo que zozobre; aún lo veo navegando
lo mismo que navegaba, acabado de botar,
como corcel piafante, con todo su trapo al viento,
vibrante su arboladura, volando sobre la mar.
No me ha rendido el viaje; en mi alma marinera
no caben los desalientos. Mi descanso es navegar
y mi ferviente deseo -carenado mi velero,
zurcido el roto velamen, con el aguaje hecho ya-,
es emprender nuevos rumbos y surcar, igual que antes,
sin nadie que me detenga, de un lado hasta el otro, el mar.
¡El mar, la mar, esa mar de mis años menorquines,
en que, surcando sus calas, me enamoré de la mar!
José María Hercilla Trilla
Salamanca, 5 Julio 2005
(De mi Libro; "Canciones menorquinas")
sábado, 25 de abril de 2009
475 - AL ESTE, MENORCA
AL ESTE, MENORCA (475)
Al Este, sí, por donde el sol se muestra
y emerge de la mar, como un regalo
de Dios que se me dio sin merecerlo,
velada entre neblinas transparentes,
Menorca es manantial de donde nacen
los más bellos recuerdos de mi vida.
Aquellos verdes años transcurridos
en la blanca y azul cara roqueta
hubiéranme bastado, sin dudarlo,
para gozar del cupo de ventura
que a todos los mortales nos es dado.
Con sólo tu recuerdo me sería
posible revivir mi primavera,
aquella prodigiosa edad de oro
que gusto de evocar cuando al ocaso
mis pasos perezosos se encaminan
en forzosa arribada ineluctable
Del resto de mi archivo, mi memoria,
podría deshacer las ataduras
y dejar solamente en mi recuerdo
aquellos de raíces menorquinas,
distantes en el tiempo, pero siempre
sirviéndome de faro en la derrota.
Si no corro a tu encuentro, no lo dudes,
es por miedo a quebrar el dulce hechizo
que liga tu existencia a mi recuerdo;
por el mismo temor que nos impide
encontrar otra vez a quien amamos
cuando sólo contábamos tres lustros,
con un amor tan puro y tan intenso
como puede sentirlo sólo un niño.
No sé si volveré –lo veo difícil-
a pisar mi roqueta menorquina.
Los años se acumulan y entorpecen,
si no la inteligencia, sí las piernas,
y se nota que el mundo se distancia
y se aleja de ti, como queriendo
volverse inasequible a tus deseos,
tal vez por ignorar ese profundo
sentimiento de amor que le profesas.
Cual pasa entre personas que se aman,
siempre hay una que ama más que otra,
y es más feliz aquélla que más ama;
Por eso yo me siento doblemente
Feliz en la distancia, convencido
De que mi amor me basta y satisface
A colmar de recuerdos tus ausencias.
José María Hercilla Trilla
Salamanca, 14 Enero 2004
(De mi Libro: "Canciones menorquinas")
Al Este, sí, por donde el sol se muestra
y emerge de la mar, como un regalo
de Dios que se me dio sin merecerlo,
velada entre neblinas transparentes,
Menorca es manantial de donde nacen
los más bellos recuerdos de mi vida.
Aquellos verdes años transcurridos
en la blanca y azul cara roqueta
hubiéranme bastado, sin dudarlo,
para gozar del cupo de ventura
que a todos los mortales nos es dado.
Con sólo tu recuerdo me sería
posible revivir mi primavera,
aquella prodigiosa edad de oro
que gusto de evocar cuando al ocaso
mis pasos perezosos se encaminan
en forzosa arribada ineluctable
Del resto de mi archivo, mi memoria,
podría deshacer las ataduras
y dejar solamente en mi recuerdo
aquellos de raíces menorquinas,
distantes en el tiempo, pero siempre
sirviéndome de faro en la derrota.
Si no corro a tu encuentro, no lo dudes,
es por miedo a quebrar el dulce hechizo
que liga tu existencia a mi recuerdo;
por el mismo temor que nos impide
encontrar otra vez a quien amamos
cuando sólo contábamos tres lustros,
con un amor tan puro y tan intenso
como puede sentirlo sólo un niño.
No sé si volveré –lo veo difícil-
a pisar mi roqueta menorquina.
Los años se acumulan y entorpecen,
si no la inteligencia, sí las piernas,
y se nota que el mundo se distancia
y se aleja de ti, como queriendo
volverse inasequible a tus deseos,
tal vez por ignorar ese profundo
sentimiento de amor que le profesas.
Cual pasa entre personas que se aman,
siempre hay una que ama más que otra,
y es más feliz aquélla que más ama;
Por eso yo me siento doblemente
Feliz en la distancia, convencido
De que mi amor me basta y satisface
A colmar de recuerdos tus ausencias.
José María Hercilla Trilla
Salamanca, 14 Enero 2004
(De mi Libro: "Canciones menorquinas")
viernes, 24 de abril de 2009
430 - PENSAMIENTO EN LIBERTAD
PENSAMIENTO EN LIBERTAD (430)
Cuando el pensamiento vuela
vuela siempre hacia la mar,
aquella mar de mi infancia
menorquina y balear,
en cuyas azules aguas
solía yo navegar
por todo el puerto adelante,
cala a cala, hasta arribar
muy cerca de la bocana;
allí debía virar
por no estarme permitido
adentrarme en altamar,
que era yo muy niño entonces
y no tenía la edad
para cruzar la frontera
impuesta a mi libertad.
Cuando el pensamiento vuela
me lleva siempre a la mar,
a surcar las mismas aguas,
aguas que conmigo van,
donde en mi «Calafiguera»
soñaba ser Capitán
descubridor de horizontes
bajo aquel cielo sin par,
del que un sol resplandeciente
era el inmenso fanal
con el que Dios me guiaba
en mi loco navegar
en busca de nuevas tierras
donde clavar mi bandera,
claro símbolo de paz.
No me digáis, mis amigos,
que ya empiezo a divagar,
como parece obligado
conforme avanza la edad.
No divago, ni chocheo,
os lo puedo asegurar;
conservo mi raciocinio;
por eso, por nada más,
cuando dejo al pensamiento
en libertad de volar,
el pensamiento me lleva
-sin dudarlo- hasta la mar
de mis años infantiles,
cuando yo era capitán
y pilotaba mi barca
-vela o remo, ¿qué más da?-
por las aguas de aquel puerto
que jamás pude olvidar.
Seguro estoy de que nunca
he de volver a la mar
recreada en mi memoria;
que no seré Capitán
de mi barca marinera
-Dios sabe dónde estará-;
que no pisaré las calas
que me vieron navegar...
Estoy seguro de ello;
estoy cerca del final...
Permitidme, pues, amigos,
que me deje transportar
en alas del pensamiento
hasta la orilla del mar
y dejadme unos minutos
que me entretenga en soñar:
Yo era un niño marinero
que quiso ser Capitán
en la Isla Azul y Blanca,
menorquina y balear.....
José María Hercilla Trilla
Salamanca, 1º Marzo 2001
(De mi Libro: "Canciones menorquinas")
Cuando el pensamiento vuela
vuela siempre hacia la mar,
aquella mar de mi infancia
menorquina y balear,
en cuyas azules aguas
solía yo navegar
por todo el puerto adelante,
cala a cala, hasta arribar
muy cerca de la bocana;
allí debía virar
por no estarme permitido
adentrarme en altamar,
que era yo muy niño entonces
y no tenía la edad
para cruzar la frontera
impuesta a mi libertad.
Cuando el pensamiento vuela
me lleva siempre a la mar,
a surcar las mismas aguas,
aguas que conmigo van,
donde en mi «Calafiguera»
soñaba ser Capitán
descubridor de horizontes
bajo aquel cielo sin par,
del que un sol resplandeciente
era el inmenso fanal
con el que Dios me guiaba
en mi loco navegar
en busca de nuevas tierras
donde clavar mi bandera,
claro símbolo de paz.
No me digáis, mis amigos,
que ya empiezo a divagar,
como parece obligado
conforme avanza la edad.
No divago, ni chocheo,
os lo puedo asegurar;
conservo mi raciocinio;
por eso, por nada más,
cuando dejo al pensamiento
en libertad de volar,
el pensamiento me lleva
-sin dudarlo- hasta la mar
de mis años infantiles,
cuando yo era capitán
y pilotaba mi barca
-vela o remo, ¿qué más da?-
por las aguas de aquel puerto
que jamás pude olvidar.
Seguro estoy de que nunca
he de volver a la mar
recreada en mi memoria;
que no seré Capitán
de mi barca marinera
-Dios sabe dónde estará-;
que no pisaré las calas
que me vieron navegar...
Estoy seguro de ello;
estoy cerca del final...
Permitidme, pues, amigos,
que me deje transportar
en alas del pensamiento
hasta la orilla del mar
y dejadme unos minutos
que me entretenga en soñar:
Yo era un niño marinero
que quiso ser Capitán
en la Isla Azul y Blanca,
menorquina y balear.....
José María Hercilla Trilla
Salamanca, 1º Marzo 2001
(De mi Libro: "Canciones menorquinas")
jueves, 23 de abril de 2009
397 - EL NÁUFRAGO
EL NÁUFRAGO (397)
Menorca, ¿dónde te escondes?
Sobre la mar dilatada
te voy buscando anhelante,
perdida ya la esperanza
de encontrarte en el camino
que a tu rumbo me orientaba.
Yo era un niño marinero
y tripulando mi barca
-de Mahón a Ciudadela-
iba avistando las calas
de la costa menorquina,
compañera de mi infancia.
Menorca, ¿dónde te fuiste?
Perdona; me equivocaba.
Quién se fue, fue el marinero,
el mismo que ahora te canta
y va dejando en su canto
los girones de su alma.
Menorca, ¿dónde te encuentras?
Bien sé que no estás lejana,
pero mis piernas vacilan
y mis ojos ya no alcanzan
a divisar tus perfiles
flotando sobre las aguas.
Montetoro no me sirve
para centrar coordenadas
y rectificar el rumbo;
Montetoro no es montaña
que se despegue del suelo
y al navegante le valga.
Si algún día, -¿quién lo sabe?-,
de nuevo te divisara,
de nuevo, marinerito,
reflotaría mi barca
y su proa enfilaría
a mi Isla azul y blanca.
¿Porqué soñaré imposibles,
cuando el camino se acaba?
¿Será porque Dios es bueno
y aún me deja la esperanza
de poder llegar un día
a tu costa, de arribada?
Será por esto o aquello...
Yo te sueño en la distancia;
cierro un momento los ojos
y me despierto en tus aguas,
como el niño marinero
que recorría tus calas
-de Mahón a Ciudadela-,
sin que jamás naufragara.
Ahora, naúfrago de todo,
quisiera alcanzar tus playas
y abandonarme a morir
sobre tus arenas blancas.
José María Hercilla Trilla
Salamanca, 30 Octubre 1999
(De mi Libro: "Canciones menorquinas")
Menorca, ¿dónde te escondes?
Sobre la mar dilatada
te voy buscando anhelante,
perdida ya la esperanza
de encontrarte en el camino
que a tu rumbo me orientaba.
Yo era un niño marinero
y tripulando mi barca
-de Mahón a Ciudadela-
iba avistando las calas
de la costa menorquina,
compañera de mi infancia.
Menorca, ¿dónde te fuiste?
Perdona; me equivocaba.
Quién se fue, fue el marinero,
el mismo que ahora te canta
y va dejando en su canto
los girones de su alma.
Menorca, ¿dónde te encuentras?
Bien sé que no estás lejana,
pero mis piernas vacilan
y mis ojos ya no alcanzan
a divisar tus perfiles
flotando sobre las aguas.
Montetoro no me sirve
para centrar coordenadas
y rectificar el rumbo;
Montetoro no es montaña
que se despegue del suelo
y al navegante le valga.
Si algún día, -¿quién lo sabe?-,
de nuevo te divisara,
de nuevo, marinerito,
reflotaría mi barca
y su proa enfilaría
a mi Isla azul y blanca.
¿Porqué soñaré imposibles,
cuando el camino se acaba?
¿Será porque Dios es bueno
y aún me deja la esperanza
de poder llegar un día
a tu costa, de arribada?
Será por esto o aquello...
Yo te sueño en la distancia;
cierro un momento los ojos
y me despierto en tus aguas,
como el niño marinero
que recorría tus calas
-de Mahón a Ciudadela-,
sin que jamás naufragara.
Ahora, naúfrago de todo,
quisiera alcanzar tus playas
y abandonarme a morir
sobre tus arenas blancas.
José María Hercilla Trilla
Salamanca, 30 Octubre 1999
(De mi Libro: "Canciones menorquinas")
miércoles, 22 de abril de 2009
337 - "OVERBOOKING" CELESTIAL
"OVERBOOKING" CELESTIAL (337)
Cuando el cielo se colme, cuando sea imposible
admitir más remesas
de almas inmortales llegadas de este mundo
o de otros planetas,
me supongo que Dios buscará soluciones
para que todas quepan
en el cielo que a todos los que somos creyentes
su Hijo prometiera.
Buen remedio sería que a las almas llegadas
allí desde la tierra,
reexpidiese de nuevo al planeta de origen
después de hacer limpieza
de cuanto malo y feo estropea el paisaje:
Políticos y guerras,
absurdas vanidades, orgullos destemplados,
codicias y soberbia,
contratistas ladrones, picapleitos liantes,
y todas las miserias
que hacen de este mundo, salido de Sus manos,
lugar de intransigencia
en vez del Paraíso proyectado en Su mente
infinita y perfecta.
Tal vez purificado, en divino ejercicio
de voluntad suprema,
el mundo serviría para acoger sobrantes
de almas de las llenas
vastedades del cielo y evitar "overbooking"
reexpidiendo a la tierra
a los que en ella fuimos viajeros peregrinos
y amamos su belleza.
Si tal fuera posible, a Dios le pediría
que al devolverme a ella
me enviara a Menorca, al Mahón de mis sueños,
a mi añorada "illeta"
en la que, marinero de su puerto encantado,
con mi "Calafiguera"
navegaba sus aguas, remando sin esfuerzo
y cantando en su lengua.
¿Quién pudiera, Menorca, regresar desde el cielo
a tu mar y tu tierra,
para en tí, eternamente, en una de tus playas
disgregarme en tu arena?
Después de ver a Dios, ¿qué mayor Paraíso?
¿Qué mayor recompensa?
José María Hercilla Trilla
Salamanca, 15 Julio 1998
(De mi Libro: "Canciones menorquinas")
Cuando el cielo se colme, cuando sea imposible
admitir más remesas
de almas inmortales llegadas de este mundo
o de otros planetas,
me supongo que Dios buscará soluciones
para que todas quepan
en el cielo que a todos los que somos creyentes
su Hijo prometiera.
Buen remedio sería que a las almas llegadas
allí desde la tierra,
reexpidiese de nuevo al planeta de origen
después de hacer limpieza
de cuanto malo y feo estropea el paisaje:
Políticos y guerras,
absurdas vanidades, orgullos destemplados,
codicias y soberbia,
contratistas ladrones, picapleitos liantes,
y todas las miserias
que hacen de este mundo, salido de Sus manos,
lugar de intransigencia
en vez del Paraíso proyectado en Su mente
infinita y perfecta.
Tal vez purificado, en divino ejercicio
de voluntad suprema,
el mundo serviría para acoger sobrantes
de almas de las llenas
vastedades del cielo y evitar "overbooking"
reexpidiendo a la tierra
a los que en ella fuimos viajeros peregrinos
y amamos su belleza.
Si tal fuera posible, a Dios le pediría
que al devolverme a ella
me enviara a Menorca, al Mahón de mis sueños,
a mi añorada "illeta"
en la que, marinero de su puerto encantado,
con mi "Calafiguera"
navegaba sus aguas, remando sin esfuerzo
y cantando en su lengua.
¿Quién pudiera, Menorca, regresar desde el cielo
a tu mar y tu tierra,
para en tí, eternamente, en una de tus playas
disgregarme en tu arena?
Después de ver a Dios, ¿qué mayor Paraíso?
¿Qué mayor recompensa?
José María Hercilla Trilla
Salamanca, 15 Julio 1998
(De mi Libro: "Canciones menorquinas")
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