MIS VERSOS DE AHORA MISMO (465)
Pués sí. También a mí me gustaria
ser capaz de escribirte de corrido,
no “los versos más tristes de la noche”,
-aquellos que Neruda ambicionaba-
sino versos colmados de ternura,
como a modo de lírica probanza
de este amor que me inunda y vivifica.
Ya sé que a estas alturas de la vida,
cercano el medio siglo compartido,
pudiere parecer a más de uno
que mis frases de amor son sólo frases,
sin otro contenido que no sea
cadencia musical, justa medida,
incluso atisbo de senil impulso,
cuando no arrebato de nostalgia
recordando las horas del pasado.
Yo te puedo jurar –nunca he mentido-
que estos versos de ahora, donde canto
lo hondo de mi amor, son, como entonces,
testimonio cabal e indubitado
de lo mucho que siempre te he querido
Ninguno de los dos somos hoy día
exactamente igual a como fuimos;
pero seguimos siendo, pese a todo,
los mismos y es lo único que importa;
felizmente, en ti se obra el milagro
de ser inmune al tiempo y parecerme
cada día más joven, más hermosa,
cual ánfora de nectar que los años
depuran con su paso y ennoblecen,
turbando con su aroma mis sentidos,
ahora igual que entonces, no lo dudes.
¡Estos versos de amor me son testigos
de mi constante amor. Tenlos presentes!
José María Hercilla Trilla
Almuñecar, 10 Agosto 2003
(De mi Libro: “íNTIMAS")
viernes, 8 de agosto de 2008
jueves, 7 de agosto de 2008
462 - PERO CIERRO LOS OJOS
PERO CIERRO LOS OJOS (462)
Curioso, me contemplo, observando –asombrado-
que ya no me conozco.
Aquel ímpetu alegre, aquel ansia salvaje
que me llenaba el pecho
como un motor rugiente; aquel vehemente anhelo
que ingrávido me alzaba
sobre las grises cosas, en busca de colores
más limpios, más azules,
más verdes o amarillos, donde anegar mis ojos,
aquel ímpetu -digo-
se ha desvanecido como se desvanece
cualquier terrón de azúcar
al ponerlo en contacto del agua circundante.
Aquí, no ha sido el agua;
más bien ha sido el tiempo, los años que han pasado,
que han ido socavando
perseverantemente los sólidos cimientos
corporales que eran
sustento de mi vida y de mis energías.
Hoy ya soy una ruina,
sujeta a mil diversas y odiosas cortapisas
que me impiden mostrarme,
o mejor conducirme, tal como yo quisiera.
Poco a poco me dejo
llevar por la atonía, plenamente consciente
de mis limitaciones,
sin intentar siquiera protestar o quejarme.
Felizmente, conservo
-o así me lo imagino, que viene a ser lo mismo-
en estado aceptable
esta loca sesera, tan dada a los ensueños
y a las divagaciones,
que me lleva a evadirme del mundo circundante
y a soñar imposibles,
los mismos que soñaba cuando tan sólo era
un muchacho inexperto
con sus ojos absortos ante un mundo colmado
de sorpresa y misterio.
Lo malo es que este mundo ya no guarda sorpresas
ni misterios ocultos
a los ojos del hombre, diremos que longevo,
(pues me niego a llamarse
con el nombre de viejo, del que algunos presumen)
pero que no se cansa
de admirar la belleza, la bondad y dulzura
que en ciertas ocasiones
encuentra en el camino como muestra evidente
de la bondad divina.
En eso todavía sigo siendo aquel niño
de mis años lejanos;
el tiempo se ha llevado mis fuerzas y mi brío
y no me reconozco
al mirarme al espejo ni al hacer un esfuerzo.
Pero cierro los ojos
y por dentro, os lo juro, tan juvenil me siento
que con gusto daría
un grito incontenible que subiera hasta el cielo.
José María Hercilla Trilla
Salamanca, 5 abril 2003
(De mi Libro: •Íntimmas”)
Curioso, me contemplo, observando –asombrado-
que ya no me conozco.
Aquel ímpetu alegre, aquel ansia salvaje
que me llenaba el pecho
como un motor rugiente; aquel vehemente anhelo
que ingrávido me alzaba
sobre las grises cosas, en busca de colores
más limpios, más azules,
más verdes o amarillos, donde anegar mis ojos,
aquel ímpetu -digo-
se ha desvanecido como se desvanece
cualquier terrón de azúcar
al ponerlo en contacto del agua circundante.
Aquí, no ha sido el agua;
más bien ha sido el tiempo, los años que han pasado,
que han ido socavando
perseverantemente los sólidos cimientos
corporales que eran
sustento de mi vida y de mis energías.
Hoy ya soy una ruina,
sujeta a mil diversas y odiosas cortapisas
que me impiden mostrarme,
o mejor conducirme, tal como yo quisiera.
Poco a poco me dejo
llevar por la atonía, plenamente consciente
de mis limitaciones,
sin intentar siquiera protestar o quejarme.
Felizmente, conservo
-o así me lo imagino, que viene a ser lo mismo-
en estado aceptable
esta loca sesera, tan dada a los ensueños
y a las divagaciones,
que me lleva a evadirme del mundo circundante
y a soñar imposibles,
los mismos que soñaba cuando tan sólo era
un muchacho inexperto
con sus ojos absortos ante un mundo colmado
de sorpresa y misterio.
Lo malo es que este mundo ya no guarda sorpresas
ni misterios ocultos
a los ojos del hombre, diremos que longevo,
(pues me niego a llamarse
con el nombre de viejo, del que algunos presumen)
pero que no se cansa
de admirar la belleza, la bondad y dulzura
que en ciertas ocasiones
encuentra en el camino como muestra evidente
de la bondad divina.
En eso todavía sigo siendo aquel niño
de mis años lejanos;
el tiempo se ha llevado mis fuerzas y mi brío
y no me reconozco
al mirarme al espejo ni al hacer un esfuerzo.
Pero cierro los ojos
y por dentro, os lo juro, tan juvenil me siento
que con gusto daría
un grito incontenible que subiera hasta el cielo.
José María Hercilla Trilla
Salamanca, 5 abril 2003
(De mi Libro: •Íntimmas”)
miércoles, 6 de agosto de 2008
458 - CUBRIDME LA CARA
CUBRIDME LA CARA (458)
Cubridme, sí, la cara
con un pañuelo
apenas certifiquen
que ya estoy muerto.
No quiero que me vean
ojos ajenos,
a los que nada importo,
y mucho menos
que los vuestros me miren
con desconsuelo.
Quiero que al recordarme,
vuestro recuerdo
me recuerde cual era
hasta el momento
de cerrarse mis ojos
y de mi pecho
-el alma que lo habita-
remonte el vuelo,
Dios sabe a qué regiones
o hasta qué cielos.
No me miréis la cara
después de muerto,
que no hay muerto ninguno
que agrade verlo.
El rictus de la muerte
les tuerce el gesto,
desencaja la boca
y arruga el ceño.
Al hombre más galano,
en un antruejo
lo transforma la muerte,
sin más remedio.
Así, pues, no miradme;
con un pañuelo
cubridme las facciones;
es lo que quiero.
Y si alguno viniere
con el deseo
de verme y despedirse
con el pretexto
de haber sido mi amigo,
decidle luego
que no estoy para nadie;
que hace un momento
he salido a la calle,
sí, de paseo,
a comprarme tabaco
para el trayecto.
Que deje la tarjeta,
que a mi regreso
le acusaré recibo
y de su afecto
me sentiré dichoso,
feliz, contento,
y si lo veis remiso,
sin daros crédito,
decidle abiertamente
que mi deseo
es que no se me exhiba
después de muerto.
¡A esto se reduce
mi testamento!
José María Hercilla Trilla
Salamanca, 8 Marzo 2002
(De mi Libro: "Íntimas")
Cubridme, sí, la cara
con un pañuelo
apenas certifiquen
que ya estoy muerto.
No quiero que me vean
ojos ajenos,
a los que nada importo,
y mucho menos
que los vuestros me miren
con desconsuelo.
Quiero que al recordarme,
vuestro recuerdo
me recuerde cual era
hasta el momento
de cerrarse mis ojos
y de mi pecho
-el alma que lo habita-
remonte el vuelo,
Dios sabe a qué regiones
o hasta qué cielos.
No me miréis la cara
después de muerto,
que no hay muerto ninguno
que agrade verlo.
El rictus de la muerte
les tuerce el gesto,
desencaja la boca
y arruga el ceño.
Al hombre más galano,
en un antruejo
lo transforma la muerte,
sin más remedio.
Así, pues, no miradme;
con un pañuelo
cubridme las facciones;
es lo que quiero.
Y si alguno viniere
con el deseo
de verme y despedirse
con el pretexto
de haber sido mi amigo,
decidle luego
que no estoy para nadie;
que hace un momento
he salido a la calle,
sí, de paseo,
a comprarme tabaco
para el trayecto.
Que deje la tarjeta,
que a mi regreso
le acusaré recibo
y de su afecto
me sentiré dichoso,
feliz, contento,
y si lo veis remiso,
sin daros crédito,
decidle abiertamente
que mi deseo
es que no se me exhiba
después de muerto.
¡A esto se reduce
mi testamento!
José María Hercilla Trilla
Salamanca, 8 Marzo 2002
(De mi Libro: "Íntimas")
martes, 5 de agosto de 2008
454 - A MEDIDA QUE AVANZO
A MEDIDA QUE AVANZO (454)
A medida que avanzo en mi camino,
cercano ya el final de mi carrera,
intento pervivir, como si fuera
una dicha vivir, no un desatino.
Y lucho por vivir y hasta me obstino
en llegar a los cien, y si pudiera
la meta alejaría si estuviera
en mis manos marcarme mi destino.
Y es que siento el corazón henchido
de amor y de coraje; nunca he sido
tan feliz y dichoso como ahora:
Los míos junto a mí; y aquí, a mi lado,
mis libros. ¡Qué vida encantadora!
¡Nunca estuve mejor acompañado!
José María Hercilla Trilla
Salamanca, 20 enero 2003
(De mi Libro. “Íntimas”)
lunes, 4 de agosto de 2008
550 - LAS TRES CATALPAS
LAS TRES CATALPAS (550)
Las catalpas, en flor, hoy me reciben
a la entrada del Parque, para darme
su grata bienvenida, como a un viejo
amigo a quien se espera ver de nuevo,
sentado o paseando entre las sombras
de este Parque, ubicado junto al Tormes,
por frente de La Ermita, donde el Cristo
del Caño es adorado por las gentes
que pueblan esta villa acogedora.
Las catalpas, en flor, me han recibido
gozosas por tenerme aquí otro año,
ese año que al Cristo voy pidiendo
cada año que pasa, al despedirme
de esta villa y tornar a Salamanca,
a gozar de un invierno algo más suave.
De nuevo en este Parque tormesino,
debajo de estos álamos frondosos,
volveré a pasar otro verano
alejado del mundo y sus afanes,
leyendo o escribiendo, o hasta incluso
soñando que estoy vivo todavía,
repleto de ilusiones juveniles.
Resulta tan barato y atractivo
soñar con imposibles, que me niego
a dejar de soñar, y si algún día
mis sueños me abandonan, tal vez sea
que habré muerto definitivamente,
y otro año no me será posible
retornar a este Parque, donde ahora,
para darme gozosa bienvenida,
las catalpas, en flor, mueven sus ramas.
José María Hercilla Trilla
www.hercilla.blogspot.com
Barco de Ávila, 12 Julio 2.008
Las catalpas, en flor, hoy me reciben
a la entrada del Parque, para darme
su grata bienvenida, como a un viejo
amigo a quien se espera ver de nuevo,
sentado o paseando entre las sombras
de este Parque, ubicado junto al Tormes,
por frente de La Ermita, donde el Cristo
del Caño es adorado por las gentes
que pueblan esta villa acogedora.
Las catalpas, en flor, me han recibido
gozosas por tenerme aquí otro año,
ese año que al Cristo voy pidiendo
cada año que pasa, al despedirme
de esta villa y tornar a Salamanca,
a gozar de un invierno algo más suave.
De nuevo en este Parque tormesino,
debajo de estos álamos frondosos,
volveré a pasar otro verano
alejado del mundo y sus afanes,
leyendo o escribiendo, o hasta incluso
soñando que estoy vivo todavía,
repleto de ilusiones juveniles.
Resulta tan barato y atractivo
soñar con imposibles, que me niego
a dejar de soñar, y si algún día
mis sueños me abandonan, tal vez sea
que habré muerto definitivamente,
y otro año no me será posible
retornar a este Parque, donde ahora,
para darme gozosa bienvenida,
las catalpas, en flor, mueven sus ramas.
José María Hercilla Trilla
www.hercilla.blogspot.com
Barco de Ávila, 12 Julio 2.008
sábado, 2 de agosto de 2008
451 - EL DÍA QUE MUERA
EL DÍA QUE YO ME MUERA (451)
El día que yo me muera,
así lo mando y ordeno,
no quiero que se me exhiba
en una caja de muerto
de esas que ahora se usan
con dos tapas, la de dentro
con un cuadrado cristal
para ver al interfecto
que no mueve pie ni pata,
cerrados sus ojos, serio
como solo puede estarlo
un difunto circunspecto
al que ya nada le importa,
mas sabe que eso del duelo
las más veces es teatro
con ribetes sainetescos.
El día que yo me muera
ya sabéis que mi deseo
es que me tapéis el rostro
con tupido velo negro
y me metáis en la caja,
echando la tapa luego,
una tapa sin ventana
de cristales indiscretos
por la que puedan mirarme
-sin yo mirarlos a ellos-
los curiosos, los amigos,
los parientes o mis deudos
que vengan a despedirme
con amor o con respeto
o sólo por cerciorarse
de que, por fin, ya me he muerto.
El día que yo me muera,
bien tapado y bien cubierto,
sin exhibirme ante nadie,
llevadme hasta el cementerio
y enterradme cuanto antes
para quitarme de en medio.
Tiempo ha que a mi cuñado
un encargo tengo hecho,
porque los pies se me enfrían
y me resulta molesto
dormir con los pies muy fríos;
por eso es por lo que quiero
que me entierren con los pies
orientados hacia el puesto
donde el sol los bese y temple
en esos días de invierno
en los que se hiela todo,
hasta los pies de los muertos,
pues yo, con los pies helados,
os juro que me desvelo.
Ya sabéis mis dos encargos:
No exhibirme, lo primero;
lo segundo, colocarme
buscando que por derecho
el sol me bese los pies,
pues peco de friolero
y quiero dormir a gusto
sin tiritones molestos,
sin revolverme en el nicho,
gozando del sueño eterno.
Si así hacéis, Dios os lo premie.
Si no, ¡ya veré yo luego!
No os apenéis, sobre todo;
la vida sólo es un juego
que dura muy pocos años
y no hay que tomarla en serio.
Fui feliz en lo que pude;
otras, fallé en el intento;
pero sacando las cuentas
debo decir del promedio
que fui hombre afortunado
y que hasta incluso me dieron
mucho, muchísimo más
de lo que yo me merezco.
El día que yo me muera,
sabed todos que me muero
a mi Dios agradecido
y además y por supuesto
a todos cuantos me amasteis
a pesar de mis defectos.
No me lloréis. Ley de vida
es morirse. Quien de viejo
puede morir, tiene suerte,
que otros, jóvenes murieron,
sin saber porqué, ni cómo,
ni que falta cometieron.
El día que yo me muera,
-Dios quiera que tarde tiempo-,
atendedme cual os digo
y no lloradme, ¡os lo ruego!
que si Dios quiere acogerme
yo os cuidaré desde el cielo.
José María Hercilla Trilla
Salamanca,11 Enero 2003
(De mi Libro: “Íntimas”)
El día que yo me muera,
así lo mando y ordeno,
no quiero que se me exhiba
en una caja de muerto
de esas que ahora se usan
con dos tapas, la de dentro
con un cuadrado cristal
para ver al interfecto
que no mueve pie ni pata,
cerrados sus ojos, serio
como solo puede estarlo
un difunto circunspecto
al que ya nada le importa,
mas sabe que eso del duelo
las más veces es teatro
con ribetes sainetescos.
El día que yo me muera
ya sabéis que mi deseo
es que me tapéis el rostro
con tupido velo negro
y me metáis en la caja,
echando la tapa luego,
una tapa sin ventana
de cristales indiscretos
por la que puedan mirarme
-sin yo mirarlos a ellos-
los curiosos, los amigos,
los parientes o mis deudos
que vengan a despedirme
con amor o con respeto
o sólo por cerciorarse
de que, por fin, ya me he muerto.
El día que yo me muera,
bien tapado y bien cubierto,
sin exhibirme ante nadie,
llevadme hasta el cementerio
y enterradme cuanto antes
para quitarme de en medio.
Tiempo ha que a mi cuñado
un encargo tengo hecho,
porque los pies se me enfrían
y me resulta molesto
dormir con los pies muy fríos;
por eso es por lo que quiero
que me entierren con los pies
orientados hacia el puesto
donde el sol los bese y temple
en esos días de invierno
en los que se hiela todo,
hasta los pies de los muertos,
pues yo, con los pies helados,
os juro que me desvelo.
Ya sabéis mis dos encargos:
No exhibirme, lo primero;
lo segundo, colocarme
buscando que por derecho
el sol me bese los pies,
pues peco de friolero
y quiero dormir a gusto
sin tiritones molestos,
sin revolverme en el nicho,
gozando del sueño eterno.
Si así hacéis, Dios os lo premie.
Si no, ¡ya veré yo luego!
No os apenéis, sobre todo;
la vida sólo es un juego
que dura muy pocos años
y no hay que tomarla en serio.
Fui feliz en lo que pude;
otras, fallé en el intento;
pero sacando las cuentas
debo decir del promedio
que fui hombre afortunado
y que hasta incluso me dieron
mucho, muchísimo más
de lo que yo me merezco.
El día que yo me muera,
sabed todos que me muero
a mi Dios agradecido
y además y por supuesto
a todos cuantos me amasteis
a pesar de mis defectos.
No me lloréis. Ley de vida
es morirse. Quien de viejo
puede morir, tiene suerte,
que otros, jóvenes murieron,
sin saber porqué, ni cómo,
ni que falta cometieron.
El día que yo me muera,
-Dios quiera que tarde tiempo-,
atendedme cual os digo
y no lloradme, ¡os lo ruego!
que si Dios quiere acogerme
yo os cuidaré desde el cielo.
José María Hercilla Trilla
Salamanca,11 Enero 2003
(De mi Libro: “Íntimas”)
viernes, 1 de agosto de 2008
445 - INSTANTE FUGITIVO
INSTANTE FUGITIVO (445)
Instante fugitivo que te has ido
dejándome la duda de si fuiste
y en la boca un regusto semitriste
de cuanto pudo ser.... ¡y que no ha sido!
No me place pensar en el perdido
pasado que pasó, que ya no existe,
pero a veces el alma se resiste
negándose a dejarlo en el olvido.
Y se mira hacia atrás, en torpe intento
de abarcar lo pasado y sopesarlo,
quizá para excusar nuestra torpeza
causante de inquietud, de descontento
y acedía. Y no es fácil lograrlo.
¡Es mejor no romperse la cabeza!
José María Hercilla Trilla
www.blogspot.com
Almuñecar, 16 Agosto 2002
(De mi Libro: “Íntimas”)
Instante fugitivo que te has ido
dejándome la duda de si fuiste
y en la boca un regusto semitriste
de cuanto pudo ser.... ¡y que no ha sido!
No me place pensar en el perdido
pasado que pasó, que ya no existe,
pero a veces el alma se resiste
negándose a dejarlo en el olvido.
Y se mira hacia atrás, en torpe intento
de abarcar lo pasado y sopesarlo,
quizá para excusar nuestra torpeza
causante de inquietud, de descontento
y acedía. Y no es fácil lograrlo.
¡Es mejor no romperse la cabeza!
José María Hercilla Trilla
www.blogspot.com
Almuñecar, 16 Agosto 2002
(De mi Libro: “Íntimas”)
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